Los políticos, los periodistas y muchos otros que son de izquierda, se preguntan por qué tanta gente se está yendo a la derecha, incluso a la más radical. En realidad, la pregunta no es difícil, lo difícil es aceptar la respuesta y sobre todo, actuar en función de ella.
No soy de izquierda, no creo en esa línea ni en sus dogmas… pero puedo ver los fallos. Mirando desde fuera se ve mejor cuándo una política deja de proteger a la gente, cuándo se desconecta de la calle y cuándo empieza a perder a quienes decía defender. Lo señalo, y no para atacarlo sino para describir lo que está pasando.
Hay mucha gente que se siente sola, que no llega a fin de mes, que no encuentra una casa donde vivir, que tiene miedo en su propio barrio y siente que todo va a peor. Y mientras tanto, desde la izquierda se le habla de palabras, de etiquetas y de peleas que no le pagan el alquiler, la compra ni le devuelven la tranquilidad. La vida real queda fuera del discurso y… eso pasa factura.
También se niegan problemas que la gente ve cada día, la inmigración mal gestionada, delincuencia, servicios públicos saturados. Cuando alguien lo dice en voz alta, no se le escucha, se le señala, se le ataca. Si discrepas, eres facha… si preguntas, molestas. Sencillamente ya no convencen a nadie, alejan.

Y luego están los jóvenes, esos que gritan y apoyan a la derecha pero no por ideología sino por cansancio, porque no ven salida. Trabajan y no pueden irse de casa, independizarse e iniciar una vida, estudian y no consiguen nada estable, hacen lo que se supone que tenían que hacer y aun así no llegan. Se les pide paciencia, comprensión y buenas palabras, mientras su vida sigue en pausa. No sienten que nadie los cuide ni los defienda. Cuando eres joven y ves que el futuro se te escapa, no te vuelves tranquilo ni razonable, te enfadas y… ese enfado, alguien lo está escuchando mejor que la izquierda.
A esto se suma una gestión floja y promesas que no llegan a nada. La gente aguanta discursos un tiempo, pero no toda la vida. Cuando gobiernas y la vida no mejora, pierdes confianza, se rompe, y una vez rota, cuesta mucho recuperarla.
En ese vacío entra la derecha, también la radical con mensajes simples, soluciones fáciles y culpables claros. Muchas veces miente, hay que decirlo, pero habla claro. Y cuando enfrente solo te topas con gente que niega, que reprocha y te sermonea, gana quien al menos parece entender el enfado.
No es que la gente se haya vuelto peor ni más ignorante, es que necesita sentirse protegida, necesita orden, certezas y alguien que no la mire por encima del hombro. Y también necesita coherencia porque la gente ve las cosas, porque la gente no es tonta. Ve a políticos hablando de vivienda mientras se compran chalets, defendiendo pisos diminutos para los demás mientras ellos viven en áticos. Ve que no pagan alquiler, ni transporte, ni muchos de los servicios que ahogan a cualquiera, y que cobran sueldos que llegan limpios al bolsillo. Se cansa de escuchar discursos sobre sanidad pública mientras ellos van a la privada, y sobre educación pública mientras sus hijos estudian en colegios privados. Esa distancia se nota. Es el clásico “haz lo que digo, no lo que hago”. Los políticos de izquierda están viviendo la política desde arriba y sin consecuencias entonces, la gente deja de creer en sus historias y en sus discursos.
No basta con culpar a la ultraderecha, a Franco, a los gobernantes anteriores, a los bulos o a las redes sociales. Cuando millones de personas dejan de confiar en ti, el problema no son ellas, es lo que haces… o más bien, lo que no haces. La izquierda no está perdiendo apoyos por decir verdades, los está perdiendo por no dar respuestas claras, por despreciar el malestar y por confundir gobernar con dar lecciones. Si no vuelve a pisar la calle, a escuchar sin desprecio y a poner en el centro la vida cotidiana de la gente, seguirá perdiendo apoyos. Y lo peor es que seguirá alimentando justo aquello que dice combatir.
