Origen familiar y primeros años

  1. María Isolina Hernández Cisneros, nacida el 24 de mayo de 1863, fallecida a los 6 meses de edad (diciembre de 1863).
  2. José Gregorio Hernández Cisneros, nacido el 26 de octubre de 1864, fallecido el 29 de junio de 1919.
  3. María Isolina del Carmen Hernández Cisneros, nacida en mayo de 1866 (tras la muerte de la primera María Isolina), fallecida el 22 de agosto de 1922; se casó con Juan Bautista Carvallo Hidalgo, sin descendencia.
  4. María Sofía Hernández Cisneros, nacida el 29 de septiembre de 1867, fallecida el 11 de mayo de 1898; casada con Temístocles Carvallo, con seis hijos (entre ellos Inocente y José Temístocles Carvallo Hernández, quienes serían médicos destacados).
  5. César Benigno Hernández Cisneros, nacido el 30 de agosto de 1869, fallecido el 30 de septiembre de 1943; casado con Dolores Briceño González, con seis hijos (Benigno María, María Luisa, Benjamín del Carmen, Alfredo, Ernesto y Ángela María). Uno de sus hijos, Ernesto Hernández, publicó en 1945 Homenajes al Dr. José Gregorio Hernández, base del proceso de beatificación, y en 1958 Nuestro tío José Gregorio Hernández, importante biografía familiar.
  6. José Benjamín (Benigno) Hernández Cisneros, nacido el 6 de septiembre de 1870, fallecido el 29 de agosto de 1894 a los 22 años víctima de fiebre amarilla bajo los cuidados de José Gregorio. Soltero, sin descendencia.
  7. Josefa Antonia Hernández Cisneros, nacida el 24 de agosto de 1872, fallecida el 13 de enero de 1907. Soltera, sin descendencia.

(Nota: José Gregorio fue considerado “el primer hermano” porque la primogénita María Isolina murió en la infancia, quedando él como el mayor de los hermanos sobrevivientes.)

Medio hermanos del segundo matrimonio (Hernández Escalona):
Los hijos de Benigno y María Hercilia (nacidos también en Isnotú) fueron:

  1. María Avelina Hernández Escalona (1877–1925), soltera sin hijos.
  2. Pedro Luis Hernández Escalona (1878–1918), soltero.
  3. Ángela Merí Hernández Escalona (1880–1907).
  4. Sira María Hernández Escalona (1882–¿?), quien fue monja dominica y llegó a ser superiora en Puerto España (Trinidad).
  5. José Benigno Hernández Escalona (1884–1937), médico cirujano destacado; casado con Anita Espinal, con una hija (Josefina Hernández).

Aunque José Gregorio Hernández nunca se casó ni tuvo hijos, su familia no dejó de crecer a través de los descendientes de sus hermanos. Hoy en día, son varios los que llevan su apellido y su legado con orgullo. Uno de ellos fue Inocente Carvallo Hernández, hijo de María Sofía, quien no solo fue su sobrino, sino también su discípulo. Su familia se encargó de conservar objetos personales del doctor y de mantener viva su memoria, pasándola de generación en generación.

Nacho y Yuya (Julieta) Hernández, tatarasobrinos de José Gregorio, cuentan que en su casa siempre se habló de él como de un familiar muy cercano. Incluso tenían muebles que le pertenecieron, entre ellos “la cama de José Gregorio”, que seguía presente en el hogar como un recuerdo tangible de su presencia. Para ellos, llevar su sangre representa un compromiso, una inspiración que ha marcado sus caminos: Nacho decidió ser médico y Julieta, educadora, siguiendo así la huella de servicio que dejó su ilustre antepasado.

Infancia e Inicios de Educación

José Gregorio Hernández creció en un hogar católico y humilde, en su natal Isnotú. Su padre tenía un pequeño negocio que funcionaba como tienda de víveres, botica y farmacia al mismo tiempo. Gracias a ese entorno, desde muy niño José Gregorio empezó a familiarizarse con los remedios, las dolencias y el arte de cuidar a los enfermos.

Fue bautizado pocos meses después de nacer, el 30 de enero de 1865, en la parroquia de Escuque, y confirmado dos años más tarde en Betijoque. Desde pequeño destacó por su inteligencia y su actitud serena, reflexiva. Asistió a la escuelita de Isnotú, donde su maestro, Pedro Celestino Sánchez, pronto notó que el niño tenía un talento poco común. Fue él quien recomendó a don Benigno Hernández que le diera a su hijo la oportunidad de continuar estudios más avanzados.

En 1878, cuando tenía apenas 13 años, José Gregorio expresó su intención de estudiar derecho, pero su padre lo convenció de que la medicina era una carrera de mayor servicio a los demás. Él aceptó, y con convicción, adoptó la medicina como su camino. Ese mismo año emprendió el largo viaje desde los Andes hasta Caracas para seguir formándose.

La travesía fue todo menos sencilla: salió de Isnotú en mula, atravesando pueblos como Betijoque; cruzó el lago de Maracaibo en lancha, tomó un barco hasta el puerto de La Guaira y, finalmente, un tren lo llevó a la capital. Fue un recorrido arduo, que reflejaba las condiciones de la Venezuela de entonces. Pero al llegar a Caracas, José Gregorio ya tenía claro que su destino era ser médico.

En la capital ingresó al Colegio Villegas, un centro educativo de gran prestigio dirigido por el Dr. Guillermo Tell Villegas. Allí cursó la secundaria con una dedicación admirable. El propio director comentaba que el muchacho “era poco dado a jugar” con los demás: prefería los libros, la música y el estudio durante los recreos. Entre 1878 y 1882, completó sus estudios preparatorios y se graduó de bachiller en Filosofía con notas sobresalientes. Incluso antes de terminar el colegio, ya se desempeñaba como profesor auxiliar de aritmética para los estudiantes más jóvenes, dejando ver desde entonces su vocación por la enseñanza y su gusto por compartir lo aprendido.

José Gregorio Hernández se graduó de bachiller en 1882. Siempre fue descrito como un joven sereno y formal, de traje oscuro, más adulto que adolescente.

José Gregorio Hernández cuando se graduó de bachiller. 1882 Commons Wikipedia. Autor: T. A. Aguirre Colección de la Sra. Ana Herrera
José Gregorio Hernández en su graduación de bachiller en 1882.

En 1882, con solo 17 años, José Gregorio Hernández ingresó a la Universidad Central de Venezuela (UCV) para estudiar Medicina. Desde el inicio, su desempeño académico fue impecable: la mayoría de sus notas fueron “sobresaliente”, lo que lo convirtió en el mejor estudiante de su promoción.

Pero más allá de lo académico, su etapa universitaria estuvo marcada por el esfuerzo y la autodisciplina. Para costear sus estudios, daba clases particulares y hasta aprendió nociones básicas de sastrería para confeccionar su propia ropa. Su formación no se limitó a la medicina: cultivó una educación verdaderamente integral. Leía de todo, desde tratados científicos hasta libros espirituales. Por esos años ya hablaba varios idiomas (inglés, francés, alemán, italiano y portugués) y dominaba el latín, que aprendió leyendo textos clásicos y religiosos. También tenía conocimientos de música (tocaba el piano y el violín) y sentía una profunda atracción por la filosofía y la teología.

Cuando recibió el título de médico en 1888, dominaba idiomas modernos, leía latín y tocaba instrumentos. No buscaba impresionar: le gustaba aprender de todo. Ese afán por comprender lo humano y lo divino lo acompañaría siempre.

Vocación de Servicio y Primeros Años como Médico

Apenas obtuvo su título en 1888, José Gregorio tomó una decisión que hablaba mucho de su carácter: en lugar de quedarse en Caracas, donde ya le ofrecían oportunidades, decidió regresar a su tierra andina, donde hacía más falta. Incluso rechazó una propuesta directa del rector de la UCV, el Dr. Santos Dominici, quien le ofreció apoyo para abrir un consultorio en la capital. Con gratitud pero con determinación, José Gregorio respondió: “Mi puesto no está aquí. Debo marcharme a mi pueblo. En Isnotú no hay médicos y mi puesto está allí… allí entre los míos.”

Con ese gesto honraba también una promesa que había hecho a su madre antes de morir: volver algún día para cuidar a su gente. Así, el joven doctor regresó a Isnotú para ofrecer atención médica a los campesinos humildes de la región.

Entre 1888 y 1889 se estableció en su pueblo natal y recorrió localidades vecinas en Trujillo, Mérida y Táchira. Fue el primer médico titulado que muchos conocieron en esas zonas. Instaló un consultorio modesto y rápidamente se ganó el cariño de la gente por atender a los enfermos sin cobrarles nada, o aceptando apenas lo justo. En una carta enviada en septiembre de 1888 a su amigo el Dr. Dominici, desde Isnotú, contaba con franqueza las dificultades de su labor: “Todos (mis enfermos) se me han puesto buenos, aunque es tan difícil curar a la gente de aquí porque hay que luchar con las preocupaciones (supersticiones)… La clínica es muy pobre… la botica es pésima.”

Pese a la falta de recursos, la escasez de medicinas y la presencia constante de enfermedades como disentería, tuberculosis, asma o reumatismo, José Gregorio se entregó con alma y cuerpo a aliviar el sufrimiento de su gente.

Su entrega no pasó desapercibida. A mediados de 1889, apenas un año después de su regreso a Isnotú, recibió una noticia que marcaría un giro decisivo en su vida. Su antiguo maestro, el Dr. Calixto González, lo había recomendado personalmente ante el presidente de la República, Juan Pablo Rojas Paúl, para enviarlo a Europa a especializarse. En un momento en que Venezuela necesitaba con urgencia médicos preparados en las nuevas ciencias experimentales, González vio en José Gregorio al candidato ideal.

El gobierno aprobó la propuesta y, mediante un decreto presidencial, le otorgó una beca oficial de estudios: recibiría 600 bolívares mensuales para viajar a París y formarse en microbiología, histología, fisiología experimental y otras disciplinas de vanguardia. El acuerdo incluía un compromiso claro: al terminar, debía regresar para modernizar la medicina en Venezuela.

De izquierda a derecha: Dr. José Gregorio Hernández, Dr. Emilio Ochoa, Dr. Francisco Antonio Rísquez. 1890
Esc. de enfermería, Sebucán en Caracas
. Antiguo Colegio Básico de Medicina.

Estudios de Postgrado en Europa (1889–1891)

Gracias a la beca otorgada por el gobierno, José Gregorio Hernández partió rumbo a Francia a finales de 1889. Para noviembre de ese mismo año ya estaba instalado en París, sumergido en el ambiente efervescente de los laboratorios más prestigiosos de la época. Se incorporó a los cursos del profesor Charles Robert Richet (futuro Premio Nobel de Medicina) en la Escuela de Medicina de París. También trabajó bajo la guía de Mathias Duval, quien lo formó a fondo en disciplinas clave como Microbiología, Histología, Patología, Bacteriología y Embriología.

Además, recibió formación directa de Isidor Strauss, discípulo de los reconocidos Émile Roux y Charles Chamberland, colaboradores cercanos de Louis Pasteur. Aquellos años en París le permitieron dominar las técnicas de laboratorio más modernas del momento, justo cuando la medicina experimental y la bacteriología estaban revolucionando el mundo científico.

Después de completar sus estudios en Francia, decidió ampliar su formación en Alemania, trasladándose a Berlín. Allí profundizó en Histología y Anatomía Patológica, y realizó un nuevo curso de Bacteriología, esta vez siguiendo el riguroso enfoque germánico. Durante su estadía europea, aprovechó también para adquirir equipos científicos de última generación. Siguiendo instrucciones del gobierno venezolano, compró instrumental especializado para montar un Laboratorio de Fisiología Experimental en Caracas y, además, trajo al país el primer microscopio moderno.

Junto con libros y otros materiales de enseñanza, esta inversión sentaría las bases para transformar la formación médica en Venezuela.

En 1891, tras casi dos años de intensa preparación, regresó a su país con un profundo conocimiento científico y una visión clara de lo que debía modernizarse. Su desempeño fue tan destacado que el presidente Raimundo Andueza Palacios ordenó de inmediato la creación de nuevas cátedras en la Universidad Central de Venezuela, específicamente para que él las dirigiera.

Ese mismo año, con solo 26 años, fue nombrado profesor de Histología Normal, Histología Patológica, Fisiología Experimental y Bacteriología en la UCV. José Gregorio no solo introdujo por primera vez la cátedra de Bacteriología en Venezuela (pionera también en América Latina), sino que llevó el microscopio al aula y abrió paso a los métodos de laboratorio moderno.

Con su llegada comenzó una nueva era para la medicina venezolana: una enseñanza basada en la observación, la práctica experimental y el enfoque anatomo-clínico. El aula dejó de ser solo teórica y se transformó en un espacio de ciencia viva, de descubrimiento riguroso, gracias a su visión.

Carrera Médica, Docencia e Investigaciones

Entre las décadas de 1890 y 1910, el doctor José Gregorio Hernández llevó una vida profesional intensa, marcada por un compromiso inquebrantable con la medicina, la enseñanza y la investigación. Su legado en ese período fue inmenso, con aportes que marcaron un antes y un después en la historia de la medicina venezolana.

• Docente pionero en la UCV:
Desde 1891 hasta 1916, fue una figura central en la Facultad de Medicina de Caracas. No solo enseñó, sino que transformó la manera de hacerlo. Introdujo clases prácticas con disecciones, experimentos de laboratorio y el uso sistemático del microscopio, algo inédito en Venezuela hasta ese momento. Su método se basaba en la observación rigurosa, la comprobación científica y el aprendizaje experimental. Sus estudiantes lo recordaban como un maestro brillante, exigente y puntual, cuya disciplina era tan admirable como su sabiduría. Entre sus discípulos más destacados estuvieron Jesús Rafael Rísquez, quien lo sucedería en la cátedra de Bacteriología, y Rafael Rangel, considerado el padre de la parasitología venezolana.

• Impulsor de la modernización médica:
José Gregorio Hernández no se conformó con enseñar; fundó laboratorios, creó cátedras y sentó las bases de varias disciplinas médicas en el país. Además de Bacteriología, formalizó la enseñanza de Histología y Anatomía Patológica. En 1904, fue miembro fundador de la Academia Nacional de Medicina. Publicó Elementos de Bacteriología en 1906, el primer manual venezolano en la materia. También investigó enfermedades comunes como la tuberculosis, la neumonía, la fiebre amarilla y una variante de angina de pecho de origen palúdico, junto al Dr. Nicanor Guardia, aplicando siempre el método clínico-anatómico francés.

• Escritor e intelectual polifacético:
Más allá del mundo médico, José Gregorio Hernández cultivó una vena literaria. Durante su vida publicó 13 trabajos científicos en revistas especializadas, especialmente en la Gaceta Médica de Caracas, donde era colaborador frecuente. Pero también escribió cuentos, ensayos filosóficos e incluso una novela corta. Obras como Visión de arte y En un vagón, ambas de 1912, revelan su sensibilidad artística y su profundo humanismo, confirmando que era mucho más que un médico: era un intelectual completo.

• Entrega en tiempos de crisis:
Su vocación de servicio no se limitó al aula o al hospital. Durante el bloqueo naval a Venezuela en 1902, fue el primero en alistarse como médico de reserva en su pueblo natal, en un gesto que demostró su sentido de patria. Y años después, durante la devastadora pandemia de gripe española en 1918, se dedicó día y noche a atender enfermos en los barrios humildes de Caracas, arriesgando su propia salud. Este esfuerzo redobló el cariño y la devoción del pueblo, que ya lo conocía como “el doctor de los pobres”.

• Obstáculos y continuidad docente:
Su labor académica también enfrentó interrupciones. En 1908 tomó una primera licencia (como veremos más adelante, relacionada con su intento de vida religiosa). Luego, en 1912, la dictadura de Juan Vicente Gómez cerró la Universidad Central, lo que obligó a suspender sus clases por varios años. Durante ese receso (1912-1916), continuó atendiendo pacientes y contribuyendo al ámbito asistencial. Cuando la Escuela de Medicina reabrió en 1916, volvió a enseñar con el mismo entusiasmo de siempre. Hubo una pausa más en 1917, cuando viajó a Nueva York y Madrid para actualizarse en los avances médicos. En su ausencia, el Dr. Domingo Luciani quedó encargado de sus cátedras. A su regreso, en enero de 1918, retomó la enseñanza, la cual ejerció ininterrumpidamente hasta el día de su muerte.

Durante su paso por Nueva York, en 1917, realizó una sesión fotográfica profesional. De esa sesión, envió tres copias a Venezuela, el destino exacto de las imágenes es parte de las piezas históricas que se preservan en archivos de la iglesia venezolana. Las tres copias fueron enviadas:

  1. A su amigo Santos Dominici, médico, escritor y diplomático venezolano donde decía: «Ya verás como la vejez camina a pasos rápidos hacia mí, pero me consuelo pensando que más allá está la muerte tan deseada. Toda esta filosofía, o, mejor dicho, toda esta nostalgia, me la ha dado la vida de estudiante que llevo, agravada por la vista de la fotografía que te mando».
  2. A su amiga Carmelina López de Ceballos: «sacarlo a la luz fue un verdadero triunfo fotográfico, pues por dos veces se rompió la lente con el paso de tan deforme imagen».
  3. A su hermano César Benigno: «porque me parece que así no estoy tan separado de ustedes, cosa que me es tan dura y difícil de sobrellevar».

Tenía un gran sentido del humor que afloraba en comentarios ingeniosos y en su correspondencia. Sus familiares relatan anécdotas graciosas, como que José Gregorio habría “reído de buena gana” con las ocurrencias de sus sobrinos, compartiendo momentos de risa en familia.

En ese retrato de pie, según sus cartas escribió: «yo no salgo bien sentado, será porque siempre estoy caminando».

Fe Profunda y Vocación Religiosa

Aunque fue un hombre profundamente entregado a la ciencia, José Gregorio Hernández nunca dejó de lado su fe católica, que vivió con intensidad a lo largo de toda su vida. Para él, la medicina no era solo una profesión, sino una misión puesta al servicio de Dios y de los más necesitados. Así lo reconocería más tarde el Vaticano: “para él la medicina era una misión, sobre todo para los más necesitados”.

Desde joven fue un católico convencido y comprometido. En 1899 se unió a la Orden Franciscana Seglar, integrándose como terciario franciscano, con el deseo de vivir en el mundo los valores de humildad, caridad y desprendimiento.

Esa espiritualidad tan profunda lo llevó, en 1907, a considerar seriamente consagrar su vida enteramente a Dios. A los 42 años, después de orar y buscar consejo, escribió una carta al prior de la Cartuja de Farneta, en Lucca (Italia), solicitando ser admitido como monje. Con el permiso del arzobispo de Caracas y dejando atrás sus responsabilidades académicas, partió rumbo a Italia. Ingresó al monasterio en julio de 1908, adoptando el nombre de Hermano Marcelo.

Allí, en la vida silenciosa y austera de los cartujos, José Gregorio abrazó con devoción la rutina de oración, meditación y recogimiento. Pero su salud no resistió las exigencias del régimen monástico. Tras nueve meses, enfermó gravemente de las vías respiratorias (probablemente un principio de tuberculosis) y sus superiores decidieron que debía regresar a Venezuela. Con el alma conmovida, dejó la cartuja en abril de 1909 y volvió a Caracas.

Sin renunciar al deseo de entregarse a Dios, a finales de ese mismo año ingresó al Seminario Santa Rosa de Lima con la intención de ordenarse sacerdote diocesano. Avanzó en sus estudios e incluso, en 1912, viajó a Roma con su hermana Isolina para continuar su formación teológica en el Pontificio Colegio Pío Latinoamericano. Pero nuevamente, la salud se interpuso en su camino: en Italia sufrió una pleuresía y señales claras de tuberculosis, lo que lo obligó a abandonar su preparación sacerdotal.

Entendió entonces, con humildad, que su vocación no pasaba por los hábitos formales. Aun así, jamás dejó de vivir una profunda entrega espiritual. Volvió a ejercer como médico, pero con la misma devoción con la que habría servido desde un altar. Asistía a misa cada día, rezaba el rosario con fervor, ayudaba a la Iglesia en todo lo que podía, y vivía con sencillez y desprendimiento. Incluso hizo votos privados de castidad y pobreza, y destinó buena parte de sus ingresos a causas caritativas.

Su fe y su ciencia nunca estuvieron en conflicto. Como señaló un colega suyo, “su faceta religiosa… no debe opacar el inmenso aporte que realizó a la ciencia médica venezolana”. José Gregorio Hernández mostró que era posible ser profundamente devoto y al mismo tiempo un científico brillante. Él mismo lo resumía con una frase que guiaba su vida: “El hombre tiene deberes antes que derechos.”
Una visión que ponía el servicio, la responsabilidad y la entrega por encima del beneficio personal.

“El Médico de los Pobres” y Labor Humanitaria

En Caracas, no tardaron en llamarlo con afecto el “Médico de los Pobres”. Era un apodo ganado con hechos, no con palabras. Desde el inicio de su ejercicio profesional, José Gregorio Hernández adoptó una regla inquebrantable: quien no pudiera pagar, sería atendido igual. Y no solo eso: muchas veces él mismo compraba los medicamentos para sus pacientes más humildes, sacando el dinero de su propio bolsillo.

Era común verlo recorrer los barrios populares con su inseparable bata blanca y su sombrero negro. Caminaba entre caseríos, sin importar la hora ni las condiciones, para visitar a los enfermos donde estuvieran. Su vida era una rutina de entrega silenciosa: después de largas jornadas como profesor en la universidad, se dirigía a los hospitales públicos a ofrecer sus servicios de forma voluntaria, sin esperar reconocimiento alguno.

Y cuando llegaban las epidemias o crisis sanitarias, redoblaba su compromiso. Su presencia se volvía constante en los lugares más golpeados, donde pocos querían o podían ir. Su vocación por aliviar el dolor ajeno no tenía horarios ni límites, y eso lo convirtió, no solo en un médico respetado, sino en una figura profundamente querida por el pueblo.

Fotografía original del Dr. José Gregorio Hernández, entrando o saliendo por la Puerta de Caracas.
Autor desconocido.

Durante la pandemia de gripe española en 1918, José Gregorio Hernández no dudó ni un segundo en ponerse al servicio de los demás, incluso sabiendo el riesgo que eso implicaba. Recorrió decenas de hogares caraqueños afectados por el virus, llevando no solo medicinas, sino también consuelo y oraciones. Su entrega en medio de esa emergencia sanitaria quedó grabada en la memoria colectiva. Muchos enfermos contaban que con solo verlo llegar, sentían alivio y esperanza. Esa presencia serena, su trato compasivo y su fe contagiosa empezaron a cimentar, incluso en vida, una devoción popular que lo rodeaba de un aura especial. Para muchos, era ya “un santo que usa estetoscopio”.

Pero su caridad iba mucho más allá del consultorio. Regalaba ropa y comida a quienes lo necesitaban, gestionaba camas en hospitales para los más desamparados y, cuando era necesario, abría las puertas de su propia casa para cuidar personalmente a familiares o amigos enfermos. Uno de los episodios más dolorosos en su vida fue la enfermedad de su hermano José Benjamín, quien contrajo fiebre amarilla en 1894. Lo atendió día y noche, junto al Dr. Santos Dominici, pero pese a todos sus esfuerzos, no pudieron salvarlo. Esa experiencia reforzó su compromiso de luchar contra las enfermedades infecciosas que azotaban al país.

Más que un médico, José Gregorio Hernández era un verdadero cuidador del cuerpo y del alma. Se preocupaba tanto por aliviar el dolor físico como por acompañar espiritualmente a sus pacientes. Oraba con ellos, les hablaba de fe y de esperanza, y ofrecía palabras que levantaban el ánimo incluso en los momentos más difíciles. Esa compasión genuina hizo que muchos lo vieran como un apóstol de la caridad. Era común que la gente se le acercara por las calles solo para recibir su bendición.

Nunca hizo distinciones: trataba con la misma ternura a un campesino que a un hacendado. Para él, todos eran dignos del mismo respeto y cuidado. Su fama de santidad comenzó a correr de boca en boca. Y no faltaban quienes compartieran historias de curaciones inesperadas, atribuidas a su presencia, sus oraciones o su toque. Sin buscarlo, José Gregorio se había convertido en una figura de esperanza para el pueblo venezolano.

Muerte Trágica y Funeral Apoteósico

El final de José Gregorio Hernández llegó de forma repentina y trágica, dejando al país entero en estado de conmoción. Era la tarde del 29 de junio de 1919. Como tantas otras veces, el doctor había salido de su casa en La Pastora, Caracas, con un propósito sencillo pero cargado de humanidad: llevar unas medicinas a una paciente anciana que atendía con regularidad. Había comprado los remedios en la farmacia de la esquina de Amadores y, al disponerse a cruzar la calle, fue atropellado por un automóvil Essex conducido por un joven mecánico de 28 años, Fernando Bustamante.

En una Caracas donde apenas circulaban unos 600 autos, el destino quiso que uno de ellos le arrebatara la vida al médico más querido del país.

El impacto fue violento. José Gregorio cayó y golpeó su cabeza contra el borde de la acera, sufriendo una fractura en la base del cráneo. El propio conductor, consternado, lo recogió de inmediato y lo llevó al cercano Hospital Vargas. Pero al llegar, no había ningún médico de guardia disponible. Salieron entonces en busca del Dr. Luis Razetti, su colega y amigo de muchos años. Cuando este llegó, ya era demasiado tarde: el capellán Tomás García Pompa le había administrado la extremaunción. José Gregorio había fallecido casi en el acto, a los 54 años de edad. Eran aproximadamente las cinco de la tarde.

El acta de defunción, firmada por el Dr. Razetti, registró como causa una hemorragia cerebral producto del golpe, además de contusiones en la sien derecha y las piernas.

Expediente sobre el accidente del Dr. José Gregorio Hernández. Caracas, 1919 Expediente AGN

La noticia se propagó rápidamente por Caracas y no tardó en sacudir a toda Venezuela: había muerto el “médico de los pobres”. El dolor fue colectivo, profundo, sentido.

Al día siguiente, el 30 de junio, la ciudad fue testigo de una despedida sin precedentes. Desde temprano en la mañana, estudiantes de medicina cargaron su féretro sobre los hombros, llevándolo en procesión solemne hasta el Paraninfo de la Universidad Central, donde se le rindieron honores académicos. Luego, el cortejo fúnebre siguió hasta el Cementerio General del Sur. A lo largo del recorrido, Caracas entera salió a las calles: familias enteras, niños, ancianos, médicos con sus batas, pobres con velas y rosarios, todos lanzando flores, oraciones y lágrimas al paso del ataúd.

Nunca antes la capital venezolana había despedido con tanta devoción a un ciudadano. Los diarios, como El Universal, abrieron sus ediciones con titulares enlutados, reflejando el sentimiento de una nación entera que acababa de perder a uno de sus hijos más amados.

Portada del periódico «El Universal» sobre la muerte del Dr. José Gregorio Hernández el 30 de junio de 1919.

Tras su muerte, la figura de José Gregorio Hernández no solo no se desvaneció, sino que creció con fuerza. Su fama de santidad comenzó a multiplicarse entre la gente, especialmente entre los más humildes, quienes lo habían sentido siempre como un protector cercano. Su tumba, en el Cementerio General del Sur, pronto se convirtió en un lugar de peregrinación: hombres, mujeres y niños acudían a rezarle, a encender velas, a pedirle favores, curaciones y consuelo. Su memoria viva seguía sanando, aunque él ya no estuviera físicamente.

Ese fervor popular, sostenido por décadas, llevó a que en 1975 se iniciara oficialmente su causa de beatificación. Como parte del proceso, el 23 de octubre de ese mismo año, la Iglesia exhumó sus restos mortales. Desde entonces, sus reliquias reposan en la Iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria, en pleno corazón de Caracas, donde fueron depositados con respeto y solemnidad.

Imagen de Mairet Chourio

Aquel sencillo templo se transformó en santuario. Y hasta el día de hoy, miles de personas lo visitan con fe y esperanza, dejando cartas, flores, promesas cumplidas y oraciones en voz baja. En 2020, poco antes de su beatificación, se acondicionó una capilla especial dentro de la iglesia para resguardar sus reliquias y permitir a los fieles un espacio más íntimo para el recogimiento.

José Gregorio Hernández, aquel médico andino que caminaba con su sombrero negro por los barrios de Caracas, había comenzado a transitar el camino hacia los altares. Pero para su pueblo, desde hacía mucho, ya era santo.

Personalidad y Valores

José Gregorio Hernández no solo fue admirado por sus logros médicos y su profunda espiritualidad, sino también por su carácter afable, reservado y genuinamente sencillo. En la vida cotidiana era un hombre discreto, de trato amable, voz suave y mirada bondadosa, aunque con un aire reflexivo y serio que imponía respeto sin necesidad de autoridad formal.

A pesar de su humildad, cuidaba con esmero su presentación personal. Le gustaba vestir con elegancia sobria. Después de su regreso del monasterio en 1909, retomó el hábito de vestirse «a la última moda» europea, aunque siempre de negro, con discreción y buen gusto. Alto, de figura delgada y trajeado con chaleco y sombrero de ala corta, su silueta se volvió con los años una imagen icónica. En cartas a sus sobrinos solía enviar consejos sobre cómo vestir bien e incluso retazos de telas, demostrando que tenía sentido estético y seguía de cerca las tendencias de la época.

En el ámbito familiar, también se dejaba ver su lado más cálido y alegre. Disfrutaba de la música y de los encuentros sencillos. Tocaba el piano y el violín con soltura, interpretando piezas clásicas que había memorizado y que practicaba en sus momentos libres. No era raro verlo participar en pequeñas reuniones familiares, donde disfrutaba del ambiente sin excesos, con esa mesura que lo caracterizaba.

Era un hombre de disciplina férrea y puntualidad rigurosa. Como profesor, era exigente consigo mismo y con sus alumnos, a quienes no solo formaba académicamente, sino también en valores. Su religiosidad era profunda, pero jamás fanática. Sabía conversar con naturalidad sobre literatura, ciencia, arte o teología, y por eso incluso colegas no creyentes lo respetaban y lo querían. Su fe se manifestaba en acciones concretas, nunca en imposiciones.

El Dr. Leopoldo Briceño-Iragorry llegó a decir que la imagen excesivamente santificada a veces oscurece al verdadero José Gregorio humano, con sus virtudes y también con sus defectos, los cuales reconocía con honestidad. Esa humildad intelectual, esa capacidad de mirarse a sí mismo con claridad, fue parte de lo que le granjeó la confianza y el cariño de todos.

En definitiva, más allá del santo y del sabio, José Gregorio Hernández fue un ser humano profundamente coherente, cercano, íntegro. Un hombre que, sin buscarlo, inspiró a generaciones por la manera en que vivió su fe, su ciencia y su vida cotidiana.

Veneración Popular y Camino a la Santidad

Tras su fallecimiento, José Gregorio Hernández no tardó en convertirse, de forma espontánea, en un santo del pueblo. Para los sectores más humildes de Venezuela, él pasó a ser un verdadero “ángel de los desamparados”, alguien a quien rezar en busca de alivio y curación. Durante décadas, su imagen estuvo presente en altares caseros, estampitas, murales de barrio y oraciones campesinas, mucho antes de recibir reconocimiento oficial por parte de la Iglesia. Su tumba, primero en el Cementerio General y luego en la Iglesia de La Candelaria, se llenó de placas de agradecimiento por “milagros” concedidos.

Sin embargo, la Iglesia Católica fue en un principio cautelosa respecto a su culto. Su figura, tan popular, también fue incorporada en prácticas sincréticas y espiritistas, y en algunos centros esotéricos se le invocaba como “el Hermano José Gregorio”. Esta popularidad transversal, paradójicamente, ralentizó el proceso canónico, ya que el Vaticano buscó desvincular su imagen de cualquier elemento supersticioso antes de avanzar oficialmente.

Pese a ello, el camino hacia los altares fue tomando forma. En 1949, el entonces arzobispo de Caracas, Mons. Lucas Guillermo Castillo, abrió su causa en Roma. Años después, en 1972, el papa Pablo VI lo declaró Siervo de Dios, reconociendo su vida ejemplar. En 1986, bajo el pontificado de Juan Pablo II, fue declarado Venerable, lo que confirmaba que había practicado las virtudes cristianas en grado heroico. Solo faltaba el milagro.

Ese milagro llegó en 2017. En Venezuela, una niña de 10 años, Yaxury Solórzano Ortega, sobrevivió a un disparo en la cabeza durante un intento de robo. Su recuperación, sin secuelas, fue considerada médicamente inexplicable, y su madre aseguró haber rezado fervorosamente a José Gregorio. Las comisiones médicas y teológicas del Vaticano confirmaron el caso como milagroso. El 18 de junio de 2020, el Papa Francisco firmó el decreto que lo reconocía. Y así, el 30 de abril de 2021, en una ceremonia multitudinaria celebrada en Caracas, José Gregorio Hernández fue proclamado Beato de la Iglesia Católica. Se convirtió en el cuarto beato venezolano y el primero laico varón. Su fiesta litúrgica fue fijada para el 26 de octubre, día de su nacimiento.

Ese día, su figura fue celebrada no solo como símbolo religioso, sino también como emblema de esperanza y altruismo para toda Venezuela. El retrato que presidió la ceremonia fue el de siempre: el médico de mirada serena, y bata impecable.

Imágenes de Reuters.
30 de abril de 2021

Pero el sueño de sus devotos iba más allá. Querían verlo convertido en Santo.

Apenas dos años después de su beatificación, se presentó un segundo caso milagroso. Gonzalo Morales Divo, un venezolano residente en Miami, sufrió un colapso multisistémico: fallos cardíaco, hepático, renal y neurológico. En su estado crítico, aseguró haber tenido visiones de José Gregorio. Contra todo pronóstico médico, se recuperó por completo. Tras una exhaustiva investigación, el caso fue aprobado como milagro.

En febrero de 2025, desde su lecho en el Hospital Gemelli de Roma, el Papa Francisco firmó los decretos que autorizaban su canonización. El consistorio cardenalicio fijó la fecha, y finalmente, el 19 de octubre de 2025, en la Plaza de San Pedro del Vaticano, José Gregorio Hernández fue proclamado Santo.

Imagen «retocada» para hacerlo sentir más próximo. Se observa que luce una pequeña sonrisa. ACI Prensa

En esa misma ceremonia fue canonizada también la Beata Carmen Rendiles. Juntos se convirtieron en los primeros santos venezolanos reconocidos oficialmente por la Iglesia.

Carmen Rendiles Martínez.
Commons Wikipedia.

El pueblo venezolano celebró con inmenso júbilo la tan esperada canonización de José Gregorio Hernández. Para millones, su elevación a los altares no solo fue motivo de orgullo nacional, sino también un reconocimiento a una santidad vivida desde la cercanía, la compasión y la vida cotidiana. San José Gregorio Hernández es ahora oficialmente patrono de los médicos, enfermeros y pacientes de escasos recursos, por su ejemplo de servicio desinteresado y entrega al prójimo.

Cada 26 de octubre, su fiesta litúrgica reúne a fieles de todo el país y del extranjero. Sus restos, conservados en la iglesia de La Candelaria en Caracas, son visitados por peregrinos que le rezan con devoción, agradecimiento y esperanza. En toda Venezuela, hospitales, capillas, monumentos, escuelas y fundaciones llevan su nombre, como testimonio vivo de su legado.

Más de un siglo después de su muerte, José Gregorio Hernández sigue presente en el corazón de su pueblo. Fue médico, fue científico, fue creyente… y hoy es santo. Su historia, que comenzó en un hogar humilde de Isnotú y culminó en la gloria de los altares, es un ejemplo luminoso de vida dedicada al servicio, al conocimiento y al amor al prójimo.

Cada etapa de su biografía refleja virtudes heroicas vividas con humildad: fue un hijo amoroso, un estudiante incansable, un médico que curaba con ternura, un cristiano comprometido y un ciudadano que soñaba con un país más justo. San José Gregorio Hernández representa los valores más nobles de la humanidad. Y aún hoy, su figura sigue siendo faro y consuelo para millones que ven en él un modelo posible, real, cercano… y profundamente esperanzador.

Este escrito es, ante todo, un homenaje. No a un mito lejano sino a un hombre real: José Gregorio Hernández. Lo he admirado desde siempre y le he tenido una fe serena, de las que no hacen ruido pero sostienen.

Guardo una historia que me toca muy hondo. Cuando me operaron siendo una niña y estuve a punto de morir, mi mamá se aferró a Dios, a José Gregorio y a la virgen del Pilar. Imagino que rezó con calma, con miedo también. Días después estando ya en casa, sentí su compañía, su presencia y un leve roce, fui incapaz de abrir los ojos. Cuando por fin decidí hacerlo, solo pude ver la imagen de un hombre con traje negro que desaparecía. No voy a vestirlo de milagro, lo cuento como lo viví, con gratitud.

Por eso, su canonización no es una simple noticia; es una alegría y un orgullo venezolano que me desborda. Siento además, que se hace justicia a la gratitud de un pueblo.

Que su ejemplo nos recuerde lo esencial: servir, aliviar, escuchar. Que su intercesión alcance a quienes hoy sufren en silencio, que abrace siempre al pueblo de Venezuela, lo proteja y junto a Dios, lo libere. Gracias, San José Gregorio, por la mano tendida cuando más la necesité.

Este trabajo busca honrar tu memoria con verdad y cariño.

Fuentes: La información proviene de una combinación de biografías verificadas y noticias oficiales. Se han consultado documentos históricos, como el estudio del Dr. Leopoldo Briceño-Iragorry en Gaceta Médica de Caracas, artículos de prensa (El Nacional), testimonios familiares recopilados en entrevistas (Aleteia  ) y comunicados de la Santa Sede (Vatican News), entre otros. Cada detalle ha sido contrastado con fuentes fidedignas para asegurar la fidelidad de esta cronología de la vida personal, familiar y profesional de José Gregorio Hernández, primer santo de origen venezolano.

A continuación, algunos links…

https://apnews.com/article/venezuela-saints-pope-vatican-hernandez-c2828accedb39bcc96c9b1f8614c95d3

https://www.ncregister.com/cna/pope-leo-xiv-canonizes-7-new-saints

https://eldiario.com/2025/10/19/caracas-celebra-la-canonizacion-de-los-primeros-santos-venezolanos/

https://es-us.noticias.yahoo.com/fieles-cat%C3%B3licos-venezolanos-esperan-regocijo-054821292.html?guccounter=1

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